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El profesor Daniel García habla de la semana de cuatro días y de cómo podrían ser los modelos de empleo en el futuro. ¿Son los viernes los nuevos sábados o se trata de una ilusión? ¿Puede una semana de cuatro días aumentar realmente la producción y el empleo? O, si algo suena demasiado bien para ser verdad, cuidado, puede ser demasiado bueno para serlo.

Los economistas tenemos muchos defectos, pero ninguno tan conocido como nuestra incapacidad para hacer predicciones. Lawrence Peter, famoso por el principio de Peter, afirmó en tono jocoso que los economistas “sabrán mañana por qué aquello que predijeron ayer no se cumplió hoy”. De entre las muchas predicciones erróneas que han contribuído a nuestra fama destacan dos. La primera pertenece a Irving Fisher, quien defendió en octubre de 1929 que la Bolsa de Nueva York “había alcanzado un nivel de precios permanente”. Solo nueve días después, Wall Street sufrió su Famoso crac y el prestigio de uno de los más brillantes economistas de su generación se derrumbó para siempre.

La segunda predicción desafortunada apareció poco después. John Maynard Keynes arguyó en su hermoso ensayo “Las posibilidades económicas de nuestros nietos” (1930) que al final del Siglo XX el nivel de vida en Gran Bretaña sería entre cuatro y cinco veces superior al que disfrutaban sus coetáneos. Por tanto, según Lord Keynes, la mayoría de la población trabajará muy pocas horas, acaso menos de quince cada semana. Aunque la primera parte de la predicción se cumplió con precisión suiza, la segunda falló estrepitosamente.  La pregunta que creo Keynes se haría hoy es: ¿si sois tan ricos, por qué trabajáis tanto?

Desde 1950, la vida laboral de la clase media en el mundo occidental ha cambiado extraordinariamente poco. Hasta la aparición del COVID, la mayoría de los hombres trabajadores mantenían su jornada rutinaria de nueve a cinco, yendo y viniendo a la oficina cada día. Millones de trabajadores en otros lugares del mundo, desde Santiago de Chile a Seúl, han adoptado este patrón con fidelidad admirable. En 24 de los 28 países de la UE (pre-Brexit), los hombres trabajan, de media, entre 39 y 41 horas, y casi toda la variación en horas trabajadas entre países es debida a la participación de las mujeres en el mercado laboral.

En los últimos tiempos, sin embargo, el trabajo a tiempo parcial o poco convencional ha ganado popularidad. Cada vez más voces reclaman una reducción de la jornada laboral, plasmada en una reducción del número de días trabajados de cuatro a cinco. Los defensores de la “Semana de Cuatro Días” aseguran que conducirá a mayor productividad, mayor grado de satisfacción individual y a una mejor conciliación de la vida laboral y familiar.

Un ejemplo reciente es el libro “Fridays are the new Saturdays” del economista del Birkbeck College Pedro Gomes. Gomes defiende la introducción global de la semana de cuatro desde la perspectiva de la teoría económica clásica y un poco de evidencia empírica. Aunque ciertos políticos critican esta reforma como un plan “de comunistas exaltados”, la semana de cuatro días ha sido defendida vehementemente por muchos economistas prestigiosos desde, al menos, 1970. Paul Samuelson se refirió a ella como una “invención social determinante”. En 1972, la American Management Association realizó una encuesta a empresas con una semana laboral de cuatro días concluyendo que la mayoría habían incrementado su productividad y solo el 3% reportaban reducciones en la producción. Hace solo dos años, Microsoft Japan adoptó esta medida con gran éxito. ¿Por qué, entonces, no hemos convertido nuestros viernes en los nuevos sábados?

Gomes responde que para que esta reforma dé sus frutos debemos adoptarla todos a la vez. El ocio, argumenta el autor, es un bien colectivo: viajar, cenar fuera, asistir a conciertos o salir de copas son actividades que se disfrutan más en compañía. De igual manera, los negocios se benefician de mantener horarios similares a sus clientes y proveedores. Es por tanto necesaria la mano visible del Estado para que la adopción de la semana de cuatro días se lleve a buen puerto.

Algunos defensores de la semana de cuatro días van más allá y aseguran que también contribuirá a la reducción del desempleo al repartir las horas de trabajo entre trabajadores más equitativamente. Por desgracia, esto es un ejemplo de la famosa paradoja del trabajo fijo. No hay ninguna evidencia empírica de que reducciones de la jornada de trabajo lleven a reducciones en el nivel de desempleo. Si esto fuese así, deberíamos esperar también que incrementos en la productividad estuvieran inexorablemente atados a incrementos en el paro, al requerirse menos trabajadores para mantener la producción constante. Es obvio que esto no es el caso.

Existen otras dudas con el proyecto a las que los proponentes de la reforma aún no han respondido. En primer lugar, aunque es cierto que muchos trabajadores reportan trabajar cuarenta horas cada semana, la mayoría de las empresas no realiza ningún control al respecto. Algunos trabajadores están disponibles las 24 horas del día mientras que otros trabajan sólo cuando les es más conveniente. La semana de cuatro días es una reforma de 2020 diseñada para el mundo laboral de 1980. En segundo lugar, la población de muchos países occidentales está envejeciendo rápidamente, resultando en una escasez relativa de trabajadores cualificados. Aunque hay quien defiende que la jornada de cuatro días puede devolver su atractivo a ciertas ocupaciones como la hostelería, parece difícil pensar que esto pueda ser una alternativa de largo plazo. Finalmente, no está claro si reducir la jornada laboral de los trabajadores es una buena medida en un mundo que se aboca inexorablemente a la automatización de su proceso productivo.


Picture: Protesta con la pancarta 4 Day Week 1. Mai 2021, en el día de mayo, en una manifestación de los sindicatos de izquierda y de la Confederación Alemana de Sindicatos, DGB, en Berlín, Alemania. Manifestantes participan en una protesta del Primero de Mayo en la tradición del Día Internacional de los Trabajadores, que se estableció para un salario justo, la solidaridad y las condiciones de trabajo justas en tiempos de corona bajo el lema no a nuestras espaldas – sindicatos y asalariados a la ofensiva en Berlín. © IMAGO / IPON
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